En nuestro llamado primer mundo de vacuidad, consumismo y exacerbado narcisismo, la industria inmobiliaria ofrece a cada paso nuevas y más sofisticadas versiones del paraíso- en dependencia del bolsillo de cada quien: desde urbanizaciones con casas perversamente idénticas en los suburbios (me pregunto si las familias no serán también idénticas y por lo tanto intercambiables sus integrantes, mascotas y autos) hasta rascacielos urbanos entre las nubes con piscinas enormes, jardines en el aire e incluso helipuertos que les permitan a los más acaudalados sobrevolar la plebe y la mugre,  sin tener que mancharse los zapatos.

Entretanto los magos de la medicina persiguen a los ricos con inyecciones  de hormonas y vitaminas, aterradoras cámaras hiperbáricas y bisturíes esterilizados. Sonriendo prometen- for a small fee– blindarlos contra Cronos. Haced paso, Platón y Confucio, a los gurús del éxito, el facilismo y la Nueva Era, quienes nos traen las fórmulas para hacer realidad todos nuestros deseos e incluso la felicidad completa- for a small fee– en cinco simples y cortas lecciones.

Está ya establecido: la residencia ha de amueblarse de acuerdo a los dictámenes de la moda: muebles italianos de marca o muebles nórdicos modernos para el look minimalista; muebles de toneladas combinados con antiguallas lujosas para dar la impresión de que se proviene de una familia de antiguo abolengo. Los libros se pueden comprar por metros, como solían hacer algunas familias en Cuba. “Ponme seis metros de libros en esta pared. Prefiero los lomos oscuros. ¿Cuánto sería? ¿Acepta cheque?”

Pero hoy no he venido a quejarme. Vengo a proponer alternativas inmobiliarias y decorativas, residencias de bajo costo y óptima calidad que pueden integrarse a cualquier habitáculo y, sobre todo, a los anaqueles e intersticios de nuestro propio interior. Como ya los griegos habían perfeccionado este tipo de decoración de interiores, en su honor, comenzaré por ellos.

Para aquellos que prefieren los interiores austeros con un toque de mágico arcaísmo, recomiendo los poemas de Homero. Siempre se ven bien, sobre todo a la entrada. Las tragedias griegas también allí son bienvenidas; dan un aire venerable a la decoración. Si de epopeyas arcaicas se trata, el poema de Gilgamesh tampoco está mal.

Sobre majestuoso pedestal, El Quijote. Las novelas caballerescas y las épicas en español como el Cantar del Mío Cid quedan bien en la sala. Cerca de alguna butaca, los cuentos del Conde Lucanor y La Celestina o alguna que otra novela picaresca, por contraste, nunca estarán de más. Siempre recomiendo, en caso de visitar las gestas,  mantenerse alejado del campo de batalla, llevar armadura liviana y sobre todo, un buen par de zapatos para correr cuando sea necesario y no meterse en líos.

En la antesala prefiero algo de Schubert. Junto a un cuadro naturalista, alguna de esas simples canciones que hablan de riachuelos, de truchas saltarinas y aldeanas rubicundas. Estas piezas, con su toque de modesta elegancia burguesa, confieren un aire respetable a cualquier interior.

Para un efecto más visceral, los poemas de Goethe- prueben con el incandescente Prometeo, o si prefieren algo más moderno, las Elegías de Rilke. Para el que prefiere renovar sus esperanzas en el género humano, las obras de los exaltados trascendentalistas estadounidenses del siglo XIX resultan inmejorables. En tardes de leve locura, los poemas de la Dickinson; para locura intensa, el Ulises. En oscuros desvanes, y bajo candado, algunos pasajes de Kafka y Poe. No deben visitarse con frecuencia, y sobre todo, hay que tener mucho cuidado de que no se salga El Cuervo.

En el sancta sanctorum, manuscritos medievales iluminados con figuras alargadas, libros de horas, los cuentos de Borges, Los cuadernos de Malte, y sobre todo, la música de Chopin. En sus jardines me escondo tardes enteras, y así evito- como Julián del Casal- el brillo del sol tropical  y la  vulgaridad de la época. Los poemas de los simbolistas franceses completan la decoración del boudoir, entre cojines y alfombras persas. Las Mil y Una Noches no debe faltar allí. Para tardes melancólicas Pushkin o Tolstoy- su natural complemento, la música de Rachmaninov y Tchaikovsky.

De relleno de almohadas recomiendo miniaturas impresionistas como La niña de los cabellos de lino de Debussy o alguno de sus poemas sinfónicos, como Las nubes. En caso de elegir alguno de los últimos, amarrarse al lecho antes de acostarse, pues tienden los diferentes timbres y los devaneos de la orquesta a causar viajes astrales, mareos y vahídos.

Para aquellos de temperamento dramático, añadir un poco de Beethoven, al gusto. Deben acompañarse siempre estas obras con el juicioso acento que proporciona un busto del Maestro. Para cortarse las venas, Puccini. Para los inveterados suicidas, la famosa aria de Ponchielli, pero, eso sí, cantada por una soprano dramática con voz de trueno.

Wagner es para aquellos con gran poder de concentración. Se muestra favorable a personas robustas. De cualquier modo, siempre recuerden llevar una buena merienda y ropa cómoda para esas largas excursiones. Para la meditación, el canto gregoriano.

Y si es cierto que, como dicen, la Naturaleza aborrece el Vacío, apresurémonos a decorar nuestro interior. Si no, corremos el peligro de que otros lo decoren a su gusto sin nuestro permiso, o incluso nos lo llenen de basura….. Y entonces se requeriría un río para limpiarlo, como cuando le pidieron a Hércules que limpiara los establos de aquel famoso rey de cuyo nombre no puedo acordarme…..

 

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