José White, insigne compositor y violinista cubano

José White, insigne compositor y violinista cubano

Durante su primer viaje a Cuba, Gottschalk conoce a José White, quien era ya a los diecinueve años un violinista formidable. White acompaña al músico norteamericano en un concierto en el teatro Sauto de Matanzas; allí se presenta en público por primera vez.  Pero el concierto no tiene la acogida que Gottschalk esperaba. Y si la ciudad no estaba preparada siquiera para valorar el arte pianístico de este extranjero célebre, qué dejaremos para un joven mulato de diecinueve años, que había estudiado en Matanzas con su padre, y quien era además “desconocido mas allá de las riberas del Yumurí” *

Cuando admiro una conocida foto de White, el gran violinista, profesor y compositor, se me antoja percibir cierta fragilidad, intuyo infiernos lentos, tres redomas me revelan sufrimientos exquisitos… Toca White a la puerta de un hacendado; interrumpe la siesta prodigiosa. Sale el hombre a medias, en su pijama de seda francesa, y eructa en el instante en que White consigue su más acabado pianissimo… A Francia es que se va el cubano, con un traje oscuro y toda su tristeza. Triunfa White en París: un año apenas después de su llegada recibe el primer premio de violín en el Conservatorio de París y luego los elogios de Rossini. Y no es White el único: Cervantes, Lico Jiménez y Brindis de Salas también son acogidos con admiración por grandes músicos europeos de la época.

Es pluma de maestro la que escribe “La Bella Cubana”, una página musical donde no sobra ni falta nada. Desde el principio la mano izquierda se instala en una espléndida lejanía. Y sobre el acompañamiento, un tema dulce y lento: figuras enlazadas en una contradanza, conversaciones apagadas. Alguien se asoma al valle; señoras bien vestidas se pasean. En la saleta se ha servido el café; los niños se retiran al lugar del fresco… Al final, vuelve la melodía melancólica, se demora un tanto en la sala oscura, y termina con un acorde brusco, como quien despierta de pronto, luego de un extraño sueño.

El río de Heráclito cambiaba siempre. En París, White mira el Sena y sueña. ¿El Sena y el San Juan no son acaso el mismo río?

* Stan, “Bambuola! The Lifes and Times of Louis Moreau Gottschalk”, página 182