Jacqueline Solórzano

Jacqueline Solórzano – The Opera Atelier

En mi responsabilidad diaria como directora de una organización de arte y cultura aquí en Miami, debo tenazmente inventar los modos de mantenerla siempre opera-tiva, no tanto porque de “Ópera” se trata, sino por la noble intención que todos sus miembros nos hemos propuesto al hacerla existir con pretensiones de movimiento artístico en esta ciudad de Malls y Beaches. Dicha responsabilidad implica rotundamente, garantizar el dinero para pagar el alquiler, la contabilidad, los servicios, los gastos de producción, papelería, internet, vestuario, utilería, publicidad, website, y un largo etcétera, y claro… a veces… ¿por qué no? programar que algo le pueda quedar a los artistas por su trabajo, muchos creen que una moderada propina suele ser suficiente. Y siempre tratando de ver cómo esa propina se mejora con ideas teñidas del marketing más básico, por ejemplo, inventar ofrecer recitales de música clásica y libre entrada a la comunidad local, lindos recitales y salones de arte diseñados a modo de “prueba del producto para el consumidor”. Encontrándome en estos menesteres organizacionales, es como repentinamente hemos recibido la insólita visita de un importante asesor de empresas, angel investor, venido desde el mismísimo Sillicon Valley, quien movido por las actividades que nos ocupan como artistas nos ha ofrecido su asesoría para lograr hacer sostenible financieramente a nuestra organización, y hasta propuso que de pronto los artistas podrían percibir algún sustancioso emolumento por sus extraños servicios. Pero para poder darnos esa asesoría salvadora debíamos participar en un “Workshop for successful and financially sustainable art organizations: a real roadmap” donde tendríamos la maravillosa oportunidad de explicar y analizar qué hacemos y para qué sirve.

Y ahora me encuentro en la dificilísima situación de tener que exponer para qué sirve lo que hacemos, en términos del consumidor, qué es lo que nos hace atractivos como artistas y maestros de arte, para que así la gente compre lo que hacemos con urgencia, y además cómo podríamos distribuirlo, expandirlo y consolidarlo para el mercado global actual!

IMG_3962

Salón de Arte en The Opera Atelier

Es decir, ya no es suficiente que todos los días nos enfrentemos a la quijotesca empresa de convencer al público sobre los beneficios que el arte y las actividades culturales le traen a nuestra sociedad. Cuando se trata de buscar dinero para sostener nuestra misión, es muy fácil perder la creatividad en cómo adornar de mil maneras con el discurso mercantilista la importancia de que los donors y autoridades públicas apoyen las causas artísticas, mil y una ilusiones del marketing puestas a prueba para un fundraising que nunca sabremos verdaderamente si dejará en la cajita de Donations Here algún emolumento significativo para beneficiar nuestra causa y nos permita continuar. La realidad es que si esa institución gubernamental promotora de las artes, si ese generoso donor, si ese público colaborador, si ese estudiante ávido de aprender, no valoran ni entiende la profunda necesidad espiritual del arte para la continuación de la vida como humanidad, si no lo saben y lo sienten así, entonces realmente ya no sabremos más cómo poner en palabras el peligro real que el meretricio del arte conlleva en la actualidad, y sólo nos quedará narrar el cuento de aquél pajarito que se dedicaba a cantar mientras todos estaban trabajando y pensando en la vagancia del pajarito cantor, hasta que llegó el  invierno y nadie quiso compartir el fruto de su trabajo con el pajarito por lo que inevitablemente éste murió. Pero al verano siguiente cuando todos reanudaron el trabajo, ya no había más pajarito cantor y muy tristes todos y cada uno fueron muriendo poco a poco porque… ¨¡ya no podían trabajar y llevar sus vidas sin el bello canto del pajarito!.

Es necesario imperiosamente poner un alto en cómo justificar y hacer apetecible el arte como objeto mercantil, porque puede pasar como le pasó al amor. Cuando a alguien se le ocurrió que el acto amoroso podía intercambiarse por dinero, idea y práctica que sabemos existe desde la misma aparición del hombre y del dinero, se inauguró en la humanidad toda una industria que aborrecemos hasta las náuseas. Hoy el arte corre el mismo peligro; así como el amor no se consigue en esos burdeles del afán del mal vivir en la búsqueda de comprar un amor fugaz, hoy tristemente vemos que tampoco el arte se está consiguiendo en los grandes teatros, galerías, museos, y otros recintos con producciones de millonarios presupuestos, donde el arte primariamente se ofrece más bien al mercado y a los clientes como un producto más a coleccionar u ostentar, como una atinada inversión en imagen y posicionamiento para los donors o una contribución al éxito de las políticas culturales de los gobiernos.

Tenemos que recordarles que para nosotros, los artistas, el arte es la experiencia del encuentro con la belleza, una vivencia de eso que llaman estética y que suele sentirse y procesarse por lo inconsciente, lo espiritual, y en última instancia por el alma misma. Y es lo que tenemos para mostrar y compartir con los demás y a lo que convocamos cada vez que se presenta un performance musical o teatral, cada vez que se expone una pintura, una escultura, se escribe una novela o se lee un poema.

Llevar la actividad ejecutiva y administrativa de una organización de arte en Miami es verdaderamente como lidiar con el veneno de una víbora, hay que ponerlo en un frasquito en dosis suficiente para que sirva de antídoto y así podamos saber cómo aplicar a algún grant con éxito, completar la 501(c)(3), llenar las mil y una planilla del IRS, o inspirarnos en escribir una carta convincente y efectiva para un inesperado y generoso donor, o aprender a sacar las cuentas de ventas de entradas a un performance por el cual no tengamos que explicarnos cómo fue que quedaron sólo $100 para los cincuenta artistas que participaron, y más de la mitad del presupuesto para el alquiler del teatro y sus accesorios. En fin, esto es lo que pasa cuando son los propios artistas quienes se plantean llevar una organización de arte en esta ciudad que promete abrirse a otra cosa distinta del mar y los malls famosos. Pero hay que andar con el frasquito del veneno con mucho cuidado y usar aquí y allá alguna dosis para sobrevivir en la realidad que está por fuera del escenario.

Cómo lograr la viabilidad financiera de un proyecto organizacional artístico y cultural cuyo propósito consiste en hacer existir genuinamente un espacio de intercambio creativo en el cual los artistas -principiantes o profesionales – desarrollen su arte en un ambiente acogedor y participativo, donde puedan expresar confiadamente su singularidad, y donde artistas y amantes del arte de la ópera se inspiren mutuamente. Díganme ustedes cómo explicarle a un asesor de Silicon Valley que con eso difícilmente se pueda hacer un “Software to optain art for every budget”.

Y concluyo como dice la canción: “El cariño verdadero ni se compra ni se vende” o acaso sería… “El arte verdadero ni se compra ni se vende”. Tranquiliza pensar que de músico, poeta y loco todos tenemos un poco, y no quisiera perder la esperanza de que la ineludible necesidad de valorización por fuera del mercado que el arte exige para su realización nos mueva a todos en eso que conocemos como amor al arte o el arte no tiene precio.

Jacqueline Solórzano