La escafandra anti-chisme, la mejor defensa contra los chismosos.

La escafandra anti-chisme, la mejor defensa contra los chismosos.

Y yo que me pensaba que el chisme era el pasatiempo nacional de los cubanos y que ya seguramente habríamos obtenido el récord del mayor rendimiento en chismorrería en el famoso Libro Guiness. Después de todo, el chisme, cultivado entre tazas de café, en la intimidad de un secreteo de amigos rodeados de vitrales y sillones de mimbre hasta podría pasar por elegante. Ya más chusma, con la mano en la cintura, se delata el chisme en las esquinas o en la guagua. Pero el más secreto, “secreto de guerra”, como se le denomina, se confía en voz baja y con mirada cómplice: “No se lo digas a nadie, Pucha, mira que no te cuento nada más. Jura que no te vas a ir de lengua.”

Y yo que me pensaba que esto era cosa caribeña, miamiense, tropikalisch. Porque el chisme sí que se ha saboreado en Cuba desde que a Colón se le ocurrió la peregrina idea de bajarse en la Isla. Y por supuesto que lo trajeron los españoles. A mí no me vengan con cuentos, los indígenas cubanos no estaban en eso. Ellos se la pasaban jugando a la pelota, fumando tabaco, pescando y recolectando frutos. No, el chisme lo trajeron los españoles. Saumell, que los conocía bien- a ellos tanto como a los criollos, quienes no se quedaban atrás- le  robó al chisme su esencia y la  escondió en la danza Los Chismes de Guanabacoa.  El chisme desapareció por unos días en La Habana, los pregones se apagaron, las plazas se quedaron vacías y la ciudad se puso tan silenciosa que la gente andaba halándose los pelos, hasta que alguien que escuchó la pieza se dio cuenta de que el chisme estaba atrapado en ella. Y todos se pusieron a bailarla. No en balde se bailó tanto esa pieza que la gente llegaba a la casa con los pies desbaratados. La gente chasqueaba los dedos al son de la melodía y hasta se dice que ésta se coló una noche por una ventana semiabierta en el Teatro Tacón. Poco a poco, la contradanza se fue desinflando, y el chisme logró escapar y se instaló en La Habana en todo su esplendor.  Hasta mucho después ¿Qué pasa, USA? nos daba todavía ejemplos graciosísimos del chisme allá por los ochenta. Es que una cepa de chisme había llegado en balsa a La Florida.

En Cuba nuestro Martí enfrentó los embates del chisme, la calumnia y la incomprensión. Los sufrió Plácido, y pagó con su vida. Incluso Lezama, quien se quedaba en casa envuelto en oraciones bien largas,   pagó con su salud. Mas lo peor de todo fue tener que leernos esa página bermeja en la Antología de la Infamia, la del proceso delirante de los Estudiantes de Medicina. Qué vientre pare  engendros como los que fraguaron tal ignominia? Qué dioses crueles desde qué Olimpo echan suertes así sobre el destino de los inocentes?

Ya Rossini en su famosa aria La calumnia nos había dado indicios con aquello de que La calunnia è un venticello y todo lo que sigue. Dicho sea de paso, no lo repitan, pero me contaron de buena tinta que los italianos también se las traen.

Y es que a decir verdad, amigos, el chisme no tiene fronteras. Nace en el lodo y crece como ocupación febril en el terreno propicio de las mentes enfermas de seres sin luz propia que no tienen nada mejor en que entretenerse. Mezquinos, los chismosos se arrastran cual vampiros moribundos, escondiéndose por las esquinas para pasarse babas malolientes. Ojo: otras veces se visten de galas de domingo y hasta pasan por gente de bien.

Pero, que conste, no todo el mundo chismea- hay quien no lo necesita.   Se imaginan Uds. a Chopin, quien acaba de componer  el Vals en la menor, y de pronto se quita los guantes blancos, se bota para el solar  y empieza a meterle chismes a la Condesa de Merlín? Se imaginan a Galileo, a  o Leonardo   chismeando con los vecinos? A Bach que interrumpe El Arte de la Fuga para sacar la cabeza por la ventana y chismear con las comadres sobre los malos manejos de la esposa del panadero del barrio? Ven a Sócrates interrumpiendo sus disquisiciones en La Escuela de Atenas para chismear sobre algún otro filósofo?

Ahora bien, hay que distinguir entre el chisme y la calumnia. En el chisme se exagera un poco o se saca de contexto algo que puede tener su poco de verdad: “Oye, niña, te tengo la última! ¿te enteraste de que la guaricandilla del cuarto piso se echó un marinovio? El acabóse!!! Ya no hay respeto…Oye, vieja, se ha perdido la vergüenza… “ Eso es un chisme, y muy cubano, por cierto.

La calumnia, en cambio, es insidiosamente intencional. Requiere elaboración, pues es flecha que viene cargada de veneno. Por eso hay escuelas y profesores particulares que la imparten con gran eficiencia. El calumniador sabe que miente y lo hace con el expreso propósito de desprestigiar y dañar a su víctima. El calumniador es un miserable. Si es hábil, si ya es un maestro del asunto, mezcla algo de verdad para engañar a quien le oye y dar así más credibilidad a su mentira. Si bien la calumnia es un crimen penado por la ley, como es  difícil de probar, casi siempre queda impune. Por lo general, el objeto de la calumnia no puede defenderse. Si lo hace, podría hasta salir peor. A veces lo mejor es ignorarlo todo y poner al mal tiempo buena cara.  Al fin y al cabo, el calumniador se hace daño a sí mismo y termina por ser descubierto.

Pero  por qué tiene éxito el calumniador? Amarillismo? Abundantes cabezas de chorlito? En todo caso, si nuestro objetivo es impedir el contagio, como sabemos que el chisme se propaga de lengua a oído, echemos mano de las medidas tradicionales en su contra: los tapones de oído para evitar que el sano se contagie; para el enfermo contagioso, inyecciones para adormecer la lengua. Eso sí, hay que tener en cuenta que algunas lenguas requieren dosis enormes, especialmente aquellas que de tan largas se arrastran. En caso de focos de infección tales como conservatorios,  oficinas, restaurantes con nombres de palacios famosos y hasta organizaciones benéficas y religiosas, la escafandra antichisme es lo mejor.

Aconsejo siempre como precaución salir a la calle con jeringas inmensas, por si las moscas. Hay escafandras plegables que casi no hacen bulto. Ahora con los teléfonos celulares, las computadoras y las redes sociales habrá que recurrir a otros métodos. Mantengámonos al tanto.

Cuando nos encontremos en peligro de ser sometidos al chisme o la calumnia, saquemos los tapones ipso facto.  Si se nos acerca uno de esos chismosos consuetudinarios y no hay escapatoria, coloquémonos sin dilación la escafandra antichisme.  Bajo ningún concepto tocar la inmundicia:  podríamos contagiarnos. A veces solamente con callar se logra el efecto deseado y se neautraliza el hedor como por arte de magia. Y es que el silencio puede resultar insoportable para el chismoso o calumniador, y a veces lo desarma. Algunas de mis frases favoritas cuando me traen algún chisme son: “A mí no me consta. Yo no estaba ahí. Tienes pruebas? Te parece bien si llamamos a Fulanita o Esperanceja para aclarar el asunto?” Casi siempre así se desanima el chismoso y se marcha con el rabo entre las piernas. Probablemente no nos moleste más.

Ya Liszt nos avisaba sobre el incesante chismorreo en su carta a Löwe allá por el año 1838. Señores, y esto no era la Sabuesera ni Guanabacoa. Estamos hablando de Liszt y de Viena y Milán, supuestas ciudades bastiones de la cultura europea. No en balde Freud escribiría casi un siglo después El Malestar en la Cultura. Como dice la canción: Wien, du allein!

Pero miren lo que le cuenta el Maestro Franz Liszt a su amigo:

“Encontré en Milán a un cierto número de mis conocidos de Viena. Una o dos de las personas que no me mencionas (y cuya anonimidad respeto) también estaban allí. Sé que un gran número de las personas que se me acercan con una sonrisa en los labios y declaraciones de amistad en la lengua, no tienen nada mejor que hacer que arrancarme las tiras del pejello como mejor pueden en cuanto salen de mi casa. Ėste es, por otra parte, el destino del mundo entero. Me resigno a ello de buena gana, como lo hago con todas las absurdas y odiosas necesidades de este mundo inferior. Hay, además, mucho bien en estas tristes experiencias que resultan de las varias relaciones con la gente – el cual es, que uno aprende a disfrutar y apreciar mejor la devoción de los pocos amigos que el azar nos ha puesto en el camino”.

La genialidad de las frases es de Liszt; la traducción y el énfasis de las negrillas son míos; el chisme y la mezquindad, universales…

…Y yo que me pensaba que el chisme era el pasatiempo nacional de los cubanos….