Isis sin Velo fue un libro muy profundo. Isis sin Pelo revela estos secretos con mayor profundidad

Isis sin Velo fue un libro muy profundo. Isis sin Pelo revela los mismos secretos con mayor profundidad


Los antiguos griegos, nuestros padres, cuando los dioses aún habitaban entre nosotros, exaltaron la furia poética. Y la atribuían a las Musas, esas hadas pelandrujas que acababan cargando con la culpa de todo, en lo que se encontraba a quién poder endilgáserla.

Mientras Diógenes se aferraba a su linterna,  Sócrates, alejado de las plazas, escuchaba con atención aquella voz que habitaba en su interior. Sin obligarlo a nada, la voz lo alertaba en momentos difíciles y le decía qué camino tomar. En Grecia eso era de gran ayuda, ya que había muchas encrucijadas.

Si por esos caminos ora polvorientos, ora llenos de lodo, nos aventuramos hasta Eleusis- donde por cierto no hay ni una sola encrucijada-  nos encontramos que los Misterios se transmiten a través de rituales secretos, el contenido de los cuales no puede ser revelado por los Iniciados. Los hierofantes, venerables intérpretes de los misterios sagrados, confían los secretos a aquellos que van a iniciarse. De la misma manera, el arte arcano que se transmite aún de generación en generación, pasa solamente a través de los Iniciados.

Como les comentaba, el camino a Eleusis no es un lecho de rosas. Aparte de los baches, el aspirante encuentra nobles caminantes junto a burladores que atrapan a algunos con redes de hilos invisibles. Gorgonas bien peinadas acechan al incauto. Cualquier oquedad esconde una planta carnívora. Procrustes, quien siempre viaja a Eleusis con su lecho en esa época del año, promete hospitalidad en su posada a los ingenuos, para luego hacer de las suyas rebanando o estirando el cuerpo de los que nos se adaptan a su lecho.

Procrustes y un incauto peregrino en viaje a Eleusis.

Procrustes y un incauto peregrino en viaje a Eleusis.


Si bien algunos peregrinos se dejan engañar  con la famosa historia de la sopa de piedra, otros terminan convertidos en aves canoras mecánicas por obra de magos perversos que las coleccionan y las encierran en sus mazmorras. Los que no logran escapar, al cabo de los años, cuando se les acaba la cuerda, se convierten en fantasmas de la ópera.

Ave canora de cuerda rescatada de la mazmorra de un mago perversa. Demente, repite una sola nota y desafina, de contra.

Ave canora de cuerda rescatada de la mazmorra de un mago perverso. Anda demente, repite una sola nota y desafina, para colmo de males.

Pero aun cuando los Dioses se hayan marchado de nuestro vecindario, nos queda un hálito de misterio aún cuando, momentáneamente desligados de las ataduras de lo físico, nos atrevemos a recibir el descenso de lo divino. El bailarín que desafiando a Newton traduce la ecuación celeste o el ejecutante que olvidándose de sí mismo, deja de tocar la música y se vuelve instrumento que la música toca, levantan la cortina y dialogan con los Dioses. No en balde se conocía a Chopin como “el Ariel del piano”. Comparto un chisme inocuo: “George Sand era insoportable”, me contaba Chopin. Dejaba cabos de tabaco por los rincones; y es por eso que Chopin usaba guantes blancos, para poder recoger los cabos apestosos sin mancharse los dedos. Chopin era un hombre muy refinado y esto le daba mucho asco.  Y ante tal vulgaridad, él ripostaba desde el piano improvisando al vuelo las frases más exquisitas. Cuando las escuchemos, no olvidemos a George Sand ni  sus benditos cabos de tabaco. Y no lo digo única y exclusivamente por hablar mal de ella y contribuir al pasatiempo nacional. Lo traigo a colación porque de la misma manera que algo deleznable daba lugar a la belleza en Chopin, la preparación para los misterios eleusinos incluía chistes obscenos. Sí, así como lo oyen. Pero volviendo al misterio que nos ocupa, dejemos claro que para este diálogo hace falta un toque de furia poética, ese frenesí momentáneo del que hablaban los griegos.

Aquellos que sobreviven el viaje, los obstáculos y los chistes obscenos y logran al fin llegar a Eleusis, esperan en silencio para ingresar al templo. Mas ni se vierte icor en copas indignas, ni se ocupan los hierofantes de comulgar con espíritus vulgares. Y es que, aunque se vista de seda, señoras y señores, la mona mona se queda.

Los hierofantes no se andan con remilgos. Solamente los que estén preparados cruzarán el umbral, mientras que a los indignos  se les negará rotundamente la entrada.  Es que para que pueda habitar en su interior el fuego sagrado ha de prepararse el aspirante, camino a Eleusis, a través de su ritual Gradus ad Parnasum para el perfeccionamiento del crisol. Después, para los que perseveren, todo se deslizará “como el aceite” -frase de Mozart- y se producirá el desbordamiento, si es que andamos con suerte.  Incluso puede que hasta los Dioses nos visiten.  Pero no es que tampoco vayamos a contar con ellos todas las noches. Miren que los Dioses también están bastante ocupados…

Si es cierto que en Eleusis nos encontraremos cara a cara con el misterio, hemos de arribar con los sentidos prestos. Si no, cómo entenderemos las enrevesadas instrucciones de los hierofantes? En todo caso, aconsejo, por si las moscas, estudiar griego clásico y arcaico e insisto en la decoración de interiores- sin dilación. Esto último parecerá traído por los pelos, mas será develado cual arcano en la próxima entrega de los Misterios, como lo hiciera otrora el famoso libro Isis sin Pelo. Recuerdo que, una vez ya aprendido el abecedario, lo estudiaba con gran avidez.

Y no es por desnimarlos, pero, si mal no recuerdo, mi ejemplar no tenía figuritas.