Qué cubano no ha oído aquello de “meter la Habana en Guanabacoa”?

Es cuando se trata de encajar algo complejo, de envergadura, en un molde simplón o deleznable. Y a decir verdad, esta frase viene de perilla cuando se habla de los grandes roles de la ópera y de algunos artistas que- sin estar realmente preparados para ello- se atreven a encarnarlos.

Desde la butaca de un gran teatro se respira la expectativa que recorre la sala antes de la función y se puede observar lo que pasa entre el público. Algunos se pavonean; una pareja inspecciona  a sus vecinos, otros comentan sobre los que van mal vestidos. Unos pocos se aseguran de poder ver bien, mientras que otros parecieran amenazar con la mirada a los que están cerca, como para asegurarse de que ni se les vaya a ocurrir hablar durante la función.

Se apagan las luces, se abre el telón y todo parece prometer una noche de gala. El juego de luces acentúa los decorados y la orquesta arremete con la obertura -nada mal, por cierto. Que’ alivio! Al menos, podremos ya arrellanarnos en las butacas; con suerte, si los vecinos no acaparan los brazos de las butacas, podremos descansar los brazos también!

Entonces entra la Tosca, bastante tosca la pobre por cierto, o hace su entrada Amneris, quien más que la hija del Faraón, pareciera la cocinera de palacio. Y toda la magia de los decorados y de las luces se esfuma en un dos por tres. Es en este momento  que algunos bostezan, que otros tosen, y que los más osados se levantan y huyen, pasándoles por encima a los compañeros de fila sin el menor miramiento. 

Mejor ir a conversar al café de la esquina que tragarse a la cocinera bien vestida o a la Tosca tosquita dando tumbos por el escenario.  A falta de  grandes artistas, y aunque los trajes estén hechos a la medida, los grandes personajes de la ópera quedan grandes, y poco valen la escenografía, los trajes o las luces.

Y digan lo que digan, ni se puede mentir sobre el traje del emperador ni mucho menos meter La Habana en Guanabacoa.