Violetta Malatesta, Celebrity Soprano

Violetta Malatesta, Celebrity Soprano



El suicidio a pellizcos es un mito.

 

Lo clasifico entre los  esperpentos mitológicos, junto al ave fénix, el minotauro y el consabido unicornio. Lo incluye el código de Hamurabi- de tan triste memoria- como castigo para las esposas infieles,  y se menciona en El Libro de los Muertos como amable preludio a las regiones subterráneas. Homero lo ensalza  en el Segundo Canto de la Ilíada y luego lo refuta en la Odisea- si es que acaso es verdad que la haya escrito.

 

Dice la leyenda- y Xenón lo confirma- que un joven ateniense lo consigue al fin durante las Olimpiadas. Disfrazado de águila monstruosa, arrebata Zeus al doncel ya exangüe y lo lleva a vivir con unos dioses menores, como recompensa. Pero el plan no termina bien, y el efebo es lanzado desde el Monte Olimpo el lunes siguiente. Contradice el cuento  Herón, quien afirma haber sido aquel joven. Desmiente sin ambages la leyenda al cabo de los años y declara que la historia proviene de un equícovo. En el manuscrito, perdido como sabemos, explica que la desparición habia sido el efecto intencional, el grand finale de una representación teatral que se hizo coincidir con el gran Eclipse de 28 de mayo de 585.

Avala el mismísimo Platón- mis respetos- el suicidio a pellizcos, al que llama pellizcocidio (from the Greek word σφίξιμο),  asevera su eficacia Aristóteles, y nos asegura el erudito Herodoto (de ahí su nombre), que Sócrates lo hubo de intentar un par de veces antes de que, cansado de tantos moretones y apremiado por los crapulillas atenienses a desterrarse de Grecia o de una vez y por todas del mundo de los vivos, decidiera clavarse la cicuta, asqueado de la maldad de sus congéneres.

 

Por no quedarse atrás, luego de visitar el oráculo de Delfos- y la bruja de la esquina, por aquello de la segunda opinión- la Venus del Tilo no lo pensó más. Ni tonta ni perezosa, se cortó los brazos- y sépase- sin anestesia. Iba sangrando la pobre por el Ágora, con unos tacones altísimos, cuando Praxíteles, que pasaba por allí en ese momento, le restañó las heridas con mármol barato. Maltrecha y adolorida, fue parapetada a duras penas con un cayado sobre un pedestal cerca del Partenón por unos peregrinos que regresaban de Eleusis. Al  verse tan mona contra el sol estival, y con esa vista tan envidiable, decidió quedarse allí por un  tiempo, para hacerse selfies. Cuando se cansaba, cambiaba de posición o se sentaba en un taburete. Allí se le pasaron los años sin darse cuenta, se le cayó la pintura y se puso vieja y desgreñada. Un buen día, cuando finalmente se le rompió el teléfono, se marchó sin dar las gracias y se refugió en un anaquel del Museo Británico, que estaba muy de moda en aquel entonces.

 

Otro caso no menos sonado fue el de la tal Victoria de Samotracia, una mujer horrenda  que sufría ataques de furia  y se halaba los pelos con bastante frecuencia, quien, cansada de probar con los pellizcos, se cortara un buen día la parte inferior del cuerpo con un serrucho oxidado.  Las piernas, extrañadas, la seguian por todas partes, causándole todo tipo de problemas. Se cuenta que cuando vio que aún estaba con vida, por escapar de las benditas piernas, que no le perdían pie ni pisada, se fue a pasar frío y a tratar de ahogarse en una nave, junto a unos guerreros arrogantes que nunca se bañaban. Aquiles iba al frente de aquella horda de locos apestosos. Huyendo del mal aliento y las imprecaciones de Aquiles, Victoria se amarró a la proa. Asi fue- y no como lo cuenta cierto famoso autor de poca monta-  que la Gorgona le comió la cabeza un fin de semana otoñal, mientras Victoria- pensando que estaría a salvo de ese modo- se tapaba la cara con un abanico al tiempo que se limaba las uñas.

 

Después del manido naufragio- eso pasaba en todas las novelas y no lo iban a dejar fuera- la rescataron unos pescadores y, dándola la por muerta, la tiraron sin miramientos en una isla desierta. Allí escribió Victoria sus memorias y terminó de volverse completamente loca. Para pasar el tiempo inventó el cosquillicido, que es simple y llanamente, el suicidio a base de cosquillas. Pero sucedia que cuando ya estaba desfalleciendo y próxima a morir se cansaba y no podía continuar haciéndose cosquillas, o le daba risa y tenía que parar por las carcajadas. Rescatada por una tortuga sensiblera que se compadeció de ella, luego de que Victoria le contara todas sus cuitas, la servicial tortuga la condujo hasta Patmos, mientras Victoria hablaba sin cesar. No bien hubo pisado tierra firme, Victoria intentó eI pellizquicidio de nuevo, sin éxito. Se arrastró luego hasta un volcán en Helesponto y se arrojó al abismo, deseando obtener el olvido, al ser consumida por las llamas. Victoria ni siquiera se chamuscó, para su sorpresa, pues en ese momento todos los obreros del volcán estaban de vacaciones. Una jaqueca fue el solo resultado,  a pesar de que en términos prácticos, había perdido la cabeza completamente. Arrastrándose durante cuarenta dias, intentó luego ser muerta o al menos torturada por Procrustes, pero éste la despreció cuando vio que, como no tenía piernas,  no había por donde cogerla para ponerle los pernos, anzuelos y tornillos que él usaba en su terapia correctiva. Procrustes la puso en el latón de la basura, sin prestarle atención alguna, con todos los desperdicios de la semana.

Despreciada, desvencijada, deprimida y derrotada, Victoria al fin se cansó de todo y una noche de plenilunio, disfrazada de indigente, se metió sin permiso en el Museo Británico. Allí se hizo amiga de unas momias egipcias y ahora se pasan las noches enteras jugando a las cartas y riéndose, cuando al fin se van a casa a tomar cerveza todos esos señores aburridos que trabajan allí. Victoria y sus amigas duermen de día y así nadie se da cuenta de nada. Su sueño suele ser tan pesado que cuando los franceses se las robaron a los ingleses, ellas ni siquiera lo notaron.  Siguen pensando las pobres que están en Londres y por eso ni salen, pues dicen que no soportan el clima londinense. Despues de todas sus desventuras, ahora Victoria escribe libros de autoayuda y le va muy bien, desde el comfort moderno del Museo del Louvre, que, contradictoriamente, está atestado de antiguallas 

Pero digan lo que digan, lo que es a mí no me cabe ninguna duda: el pellizquicidio es un mito. Yo no lo aconsejo. Pero si no me creen,  no dejen de intentarlo. Cualquier cosa, nos vemos en el Museo Británico….